Beso gitano
->

Tenía el pelo negro y ondulado como correspondía en su gente, unos dientes blancos como la nieve más pura de su sonrisa. Cuando nos presentaron apenas me miró, o si lo hizo con esa indiferencia de las gitanas al ver un estúpido payo.
No pude sacar mis ojos de ella, era realmente hermosa y cuando se movía parecía una bailarina, todos sus movimientos eran elegantes como los de una reina. De tanto insistir con mi indiscreta mirada se dio cuenta y no se cortó al acercarse, me sonrió y me dijo que si la seguía mirando de esa forma terminaría poniéndola incomoda. Yo me disculpé y simplemente le dije que no había podido evitarlo.
Tal vez llegué a esa vanidad femenina, tal vez desperté su curiosidad, pero desde ese instante me incorporó, pasé a estar allí para ella y cuando yo decía alguna cosa ella sonreía.
Mi amiga Rebeca me contó más tarde cuando ella se había marchado que le había preguntado por mí.
Bueno pasaron unos días hasta que volvimos a coincidir y fue precisamente en casa de Rebeca en una cena, el azar o tal vez una casualidad pícara de mi amiga, hizo que me sentara a su lado. Ella me hablaba con familiaridad, se acordaba perfectamente de mi nombre. Al terminar la cena, la música sonaba y los mas atrevidos bailaban en la terraza aquella noche de verano. Yo estaba enfrascado en una discusión de no se que con mi amigo Gonzalo, ella se acerco y sin cortarse me pregunto si quería bailar. Creo que fue por eso que no recordé nunca de que hablaba con Fernando. La tenía entre mis brazos, apenas podía creerlo y mientras hablamos de mil cosas con el fin de que no se rompiera aquel momento. Tania su mano en la mía y casi imperceptiblemente la acariciaba, ella dejaba descansar su cuerpo en el mío y podía escuchar los latidos de los dos corazones.
Ya se iba retirando mucha gente, cuando decidimos bajar a la playa, nos sentamos en la arena, todos se bañaban o jugaban en el agua y yo le iba mostrando las estrellas que conocía, no se cual fue la estrella que acerco su rostro al mío, pero si se que cuando mis labios rozaban los suyos, pude ver muchas más estrellas de las que el cielo me mostraba.
Un día cualquiera de hace ya “algún” tiempo, entre en una cafetería con unos amigos, la idea era jugar a los dardos y sobre todo conocer a la camarera que era preciosa.
Habían pasado ya algunos años desde la última vez que nos vimos, ella seguía igual de preciosa, yo, un poco más gastado por la vida pero con el mismo corazón que tanto la había amado.
Hacía mucho tiempo que no nos veíamos cuando sus labios acariciaron los míos. La vida y las circunstancias nos habían alejado más tiempo del que los dos podíamos soportar y ahora, allí uno frente al otro apenas podía decir una palabra y dejamos que nuestros labios recorrieran la piel mientras las manos buscaban esa caricia interminable.
Hacía más de un año que trabajábamos juntos y apenas nos habíamos hablado, alguna mirada, una sonrisa, la cortesía normal entre compañeros, pero nada más.
Sus labios tenían un sabor a miel y limón, sus ojos enormes verdes como dos enormes aceitunas y su voz delicada y suave decía te amo como nadie puede imaginar.